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Caminando bajo la cornisa

Caminar bajo la cornisa es, en última instancia, un acto de resistencia.

La vida, en su estado más puro, suele ser un suelo firme bajo nuestros pies. Sin embargo, hay momentos donde ese suelo se estrecha, el oxígeno se vuelve pesado y, de repente, nos encontramos caminando bajo la cornisa. No es una caída libre, pero es la angustia constante de estar al borde, habitando ese espacio difuso entre la esperanza de sanar y el peso de un cuerpo que ha dejado de ser un aliado para convertirse en un enigma.

El laberinto de cristal

Cuando la salud se resquebraja, el mundo se transforma en una sucesión de salas de espera blancas y pasillos infinitos. Comienza entonces el desfile de lo incierto: estudios van y estudios vienen. La sangre se entrega en tubos de ensayo, el cuerpo se somete al frío de las máquinas y los ojos buscan, con una ansiedad contenida, una respuesta en el rostro del médico que nunca termina de llegar.

Es un proceso agotador donde la identidad se diluye. Dejas de ser una persona con sueños y rutinas para convertirte en un «caso clínico», en un expediente que acumula folios pero no certezas. El no saber es, quizás, la dolencia más aguda; es un dolor silencioso que no se calma con analgésicos, sino con la verdad.

El pulso de la fe

En ese trayecto por la cornisa, la espiritualidad experimenta su propia metamorfosis. Es humano y valiente admitir que la fe flaquea. En medio de las noches en vela, surge la pregunta inevitable: ¿Por qué el silencio? Las oraciones a veces parecen rebotar contra un techo de hierro, y la duda se instala como una sombra que cuestiona cada promesa aprendida.

Sin embargo, hay un fenómeno místico en el quebranto. Muy a pesar del cansancio y del reclamo, en lo más profundo del corazón —allí donde el miedo no logra colonizar— siempre aguarda la misericordia de Dios. Es una llama pequeña, casi imperceptible, que se niega a apagarse. Es la confianza de que, aunque el diagnóstico sea un misterio para la ciencia, nuestra existencia sigue sostenida por manos más grandes que cualquier incertidumbre humana.

Los compañeros de ruta

Si algo tiene de revelador el caminar bajo la cornisa, es la claridad que arroja sobre nuestros afectos. La enfermedad es un filtro implacable. Mientras el resultado definitivo se hace esperar, la mirada se agudiza para reconocer a quienes realmente acompañan en el recorrido.

Están los que se quedan en silencio, los que sostienen la mano cuando las palabras sobran, los que preguntan «¿cómo estás?» esperando la respuesta real y no la de cortesía. En esa espera angustiante, descubrimos que el amor no se mide en momentos de gloria, sino en la capacidad de habitar junto al otro el territorio del miedo.

Caminar bajo la cornisa es, en última instancia, un acto de resistencia. Es aprender a vivir en la pregunta, a fortalecer el espíritu en la fragilidad y a entender que, incluso antes de que llegue el resultado final, ya hemos sido rescatados por el amor de quienes nos rodean y la silenciosa promesa de lo eterno.

Luis Molero.