El Estadio Alejandro Borges no es solo concreto y arcilla; es el cofre donde reposa el sudor de generaciones, el eco de los jonrones de antaño y la prueba fehaciente de que Maracaibo ha sido, es y será una tierra indomable de béisbol.

El histórico recinto de la avenida 5 de Julio atesora las páginas doradas de la pelota marabina, desde el debut de Luis Aparicio hasta las tardes de la Liga Occidental. Hoy, entre los recuerdos imborrables y las cicatrices dejadas por desaciertos gerenciales del pasado, la emblemática catedral del diamante clama por un rescate con memoria histórica, identidad y respeto a sus glorias.
Jonás Villalobos; ex pelotero de béisbol y de softbol, árbitro, anotador, recopilador, narrador, locutor deportivo, analista y cronista del béisbol, desde 1979 hasta la fecha o, como diría un tío mío, hasta que me cierren la tapita».
Con esa honestidad frontal, nutrida por décadas de entrega absoluta a los terrenos de juego, se expresa una de las plumas y voces más autorizadas de la crónica deportiva en el occidente venezolano. Desde Valencia, España, donde reside actualmente, Jonás Villalobos extiende un puente indestructible con su Maracaibo del alma para desnudar el alma, los triunfos y las horas más oscuras del Estadio Olímpico de Maracaibo, rebautizado en 1968 como Estadio Alejandro Borges.

Los cimientos de la leyenda: Del Estadio del Lago al templo de la 5 de Julio
Para entender la dimensión histórica del Alejandro Borges —ubicado en la emblemática esquina de la avenida 5 de Julio con prolongación de la avenida 15 Delicias— hay que remontarse a sus orígenes. Fundado formalmente el 8 de diciembre de 1945 bajo la denominación de Estadio Olímpico de Maracaibo, este recinto nació para sustituir a otro gran escenario del deporte marabino: el recordado Estadio del Lago.
Aquel mítico primer escenario operaba en los terrenos situados al final de la avenida 2 El Milagro y la calle 99 (Libertador), en las adyacencias de la plaza Cristóbal Colón y las instalaciones portuarias. Fue allí donde se gestó el histórico y pintoresco «Juego de los 20 Innings», un duelo que terminó con pizarra de una carrera por cero, bajo la tutela arbitral y de anotación de figuras legendarias como Don Antonio Ramón Núñez Rovira, mentor y guía de generaciones de cronistas.
Con los años, bajo una iniciativa impulsada por Pedro Elías Belisario Aponte —entonces director de la Asociación Atlética del Estado Zulia, cuyos predios abarcaban desde la Plaza de la República hasta las instalaciones deportivas de la zona—, el escenario de 5 de Julio adoptó en 1968 el nombre de Alejandro Borges, en honor a «El de las gafas», quien junto a Nerio «Camarita» Flores y Antonio Ramón Núñez Rovira conformó la trilogía pionera de la narración beisbolera en la región. Borges falleció en marzo de 1971, pocas semanas después de la partida física de Don Luis Aparicio «El Grande de Maracaibo».

Un terreno sagrado: Peloteros, hazañas y la Liga Occidental
Villalobos afirma que or el infield del Alejandro Borges desfiló la historia grande de la pelota rentada y aficionada de Venezuela. Allí se escribió el hito más grande del béisbol nacional: el debut profesional de Luis Ernesto Aparicio Montiel, el inmortal miembro del Salón de la Fama de Cooperstown, quien pisó por primera vez un terreno rentado un 18 de noviembre.
El diamante marabino también fue cuna y vitrina de la exigente Liga Occidental, un circuito de jerarquía que mantuvo viva la pasión beisbolera antes de la consolidación de la LVBP moderna. Villalobos recuerda con precisión quirúrgica anécdotas de época, como aquella jornada del 23 de enero de 1958: mientras el país entero se convulsionaba con la caída de la dictadura de Marcos Pérez Jiménez, en Maracaibo se jugaba pelota sin interrupciones en el Alejandro Borges.
Por sus dogouts pasaron luminarias de la talla de Sparky Anderson (quien militó con el Oranje Victoria), el inmortal receptor Roy Campanella liderando a las legendarias Estrellas Negras, el recordado manager Jorge Miquelena, y figuras formidadas al calor de los campeonatos nacionales AA, de donde emergieron talentos de exportación como Andrés Galarraga, el «Momo» Sierra, Antonio García y el estelar umpire grandeliga David Arrieta, cuyos primeros pasos se dieron en las ligas menores locales bajo la tutela de figuras como el ingeniero Samuel Portillo Valladares y el bachiller Luis Verde, autor de la obra cumbre Historias del Béisbol en el Estado Zulia.
Incluso, el recinto albergó páginas doradas del deporte de la canasta y los tinglados: detrás de las tribunas de tercera base (hoy estadio Alexis Vera) jugaron de exhibición los legendarios Globetrotters de Harlem, mientras que en el sector de primera base realizó sus entrenamientos iniciales el inmarcesible Betulio González, previo a sus memorables batallas por el campeonato mundial de boxeo.
Asimismo, en el ámbito de la duela profesional, el templo albergó los primeros tres campeonatos de la histórica cadena de ocho títulos consecutivos obtenidos por los Toros del Zulia bajo la batuta de Marlon Reyes, una gesta de dominio absoluto sin parangón en el deporte rentado venezolano.

Las decisiones garrafales: Crónica de un deterioro inducido

Sin embargo, la historia del Alejandro Borges no solo se escribe con victorias y jonrones memorables; también carga con el peso de los agravios institucionales y las decisiones políticas que pusieron en riesgo su existencia.
Jonás Villalobos apunta directamente a los desaciertos cometidos por la gestión del actual alcalde Gian Carlo Di Martino, recordando los estragos causados en el marco de la organización de la Copa América.
1. La destrucción de la pizarra emblemática y la falsa promesa del velódromo
Durante los preparativos para la cita continental, el alcalde mudó temporalmente sus despachos al estadio José Encarnación «Pachencho» Romero y ordenó una intervención profunda que culminó en la destrucción de elementos patrimoniales. Entre ellos, la demolición de la pizarra original e irremplazable ubicada en los 400 pies del centerfield por donde muy pocos bateadores lograron desaparecer la pelota, como el receptor Eduardo Vega en 1979.
La promesa oficial era derribarla para construir un cuadrante de prácticas para el extinto Unión Atlético Maracaibo (UAM) y edificar a cambio un velódromo de categoría internacional en los espacios adyacentes; una obra moderna que jamás se concretó, dejando a la región sin un circuito óptimo para el ciclismo de pista.
2. Desprotección, saqueo de placas y el episodio de los mochileros
En el plano operativo, la retirada del cuerpo de seguridad de la Policía Industrial que custodiaba celosamente el recinto abrió la puerta al vandalismo. Paulatinamente comenzaron a desaparecer las placas conmemorativas, estatuillas y la galería histórica que adornaba el acceso al terreno de juego.
La estocada más severa al mantenimiento del estadio ocurrió cuando las instalaciones fueron habilitadas como albergue temporal para recibir a más de 2.000 «mochileros» o caminantes. La falta de control institucional derivó en la destrucción sistemática de los dugouts recién reparados, los baños y las tribunas. El saldo fue lapidario: el campeonato Latinoamericano Juvenil debió sortearse entre protestas y retrasos, mientras que las categorías infantiles tuvieron que ser reubicadas de emergencia en el estadio Papuche Díaz, debido a que las autoridades locales decretaron vacaciones colectivas en el instituto deportivo municipal (Indeprec), dejando el recinto en el total abandono.

El clamor del presente: Rescatar con memoria y justicia histórica
Hoy, cuando se anuncia una nueva intervención y recuperación de la infraestructura del Alejandro Borges, la voz de los cronistas y hacedores de la historia deportiva exige que los trabajos no se queden en una simple lavada de cara superficial.
«Si en verdad quieren hacer un trabajo efectivo y que quede para la historia, asesórese… Reconstruya la pizarra que nos quitó, reinstale la galería de la fama, devuelva el espacio a los personajes históricos y dele cabida a quienes construimos el béisbol zuliano», enfatiza Villalobos.

La exigencia es clara y directa para el gobierno municipal:
Devolver al centerfield su pizarra histórica y reconstruir la galería de glorias del béisbol menor y profesional.
Perpetuar el legado de figuras inmortales que dieron su vida por el diamante marabino, como Edgar «El Pota» Zavala, Luis «El Pelón» García, Samuel Portillo Valladares y Antonio Ramón Núñez Rovira, bautizando espacios con sus nombres en lugar de repetir estatuas de dudosa factura artística que poco se parecen a los homenajeados.
Blindar el estadio para que sirva exclusivamente a los semilleros del béisbol menor, las selecciones estadales y la memoria viva del Zulia.
El Estadio Alejandro Borges no es solo concreto y arcilla; es el cofre donde reposa el sudor de generaciones, el eco de los jonrones de antaño y la prueba fehaciente de que Maracaibo ha sido, es y será una tierra indomable de béisbol. Hoy, su recuperación representa una deuda de honor con la historia deportiva de toda Venezuela.

Luis Molero.














