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Del lente a la escoba: Cuando la pluma descansa para servir con amor en la casa de Dios

Guardar la cámara, archivar las libretas de notas y cambiar el ajetreo de las calles por el sagrado silencio de los templos no es una derrota; es una prueba de amor, dignidad y fe cuando la Venezuela de hoy exige reinventarse para sacar adelante a la familia.

Hay verdades que duelen al principio, pero que con el tiempo se transforman en medallas de honor en el alma. En la Venezuela actual, donde la supervivencia diaria desafía hasta al más optimista, hay que estar preparado para los giros imprevistos de la vida. Bien reza el viejo y sabio refrán: «El trabajo digno dignifica al ser humano». Y bajo esa premisa, hay historias que merecen ser contadas no desde la tinta fría de la noticia, sino desde el calor humano de las lágrimas, la esperanza y la fe.

Imagínate por un instante lo que significa colgar la cámara fotográfica, esa fiel compañera que ha congelado sonrisas, protestas y realidades; cerrar las libretas de anotación repletas de entrevistas y coberturas, y cambiarlo todo por una escoba, un coleto y el sagrado deber de limpiar la casa del Padre Celestial.

El dilema de tocar puertas y el refugio en la fe

El día a día del periodista es indagar, redactar, buscar la gráfica perfecta y plasmar la realidad. Pero, ¿qué pasa cuando has tapizado una ciudad entera con currículums impresos y enviados por correo electrónico, y el teléfono simplemente no suena en tu área? ¿Qué pasa cuando la responsabilidad sagrada de llevar el pan a tu hogar te golpea el pecho?

La respuesta a esa encrucijada llegó en un lugar tan hermoso como inesperado: la Iglesia Nuestra Señora de la Medalla Milagrosa, situada en la parroquia Cristo de Aranza de Maracaibo. Ante la falta de oportunidades en el ejercicio periodístico, la oferta laboral que se abrió fue en el área de servicios generales. Y cuando el estómago de tus hijos depende de ello, no hay espacio para la soberbia; se asume el reto con la frente en alto.

Entre el polvo, el rigor y la paz infinita

Las mañanas en la parroquia tienen un compás distinto al del bullicio de una sala de redacción. Comienzan con la limpieza general, el riego de las jardineras en los espacios externos y, poco a poco, adentrarse en el santuario interior.

Mantener una iglesia reluciente es un desafío titánico y silencioso. A veces se olvida que quienes acuden a escuchar la palabra de Dios suelen ser más rápidos para criticar la suciedad o aplaudir la pulcritud que para meditar el mensaje del Evangelio. Es una tarea ardua por las dimensiones del templo, pero lo que ocurre en ese trajinar compensa cualquier cansancio físico.

En medio del silencio, el olor a pino y el brillo de los bancos, se produce un encuentro íntimo con Papá Dios y su corte de ángeles. La paz que se experimenta allí dentro es única. Aunque los comentarios supersticiosos no faltan —de esos que fantasean con que limpiar templos solitarios te expone a escuchar voces u otras cosas extrañas—, en la práctica lo único que habita en esos pasillos es una profunda quietud espiritual.

La intimidad con los santos y las paradojas humanas

Una de las vivencias más conmovedoras de esta labor es la limpieza de las imágenes sagradas. Tareas como cuidar y lustrar a los santos o a la venerada imagen de la Virgen de la Medalla Milagrosa se convierten en momentos de confidencia pura. En el silencio del templo, terminas conversando con ellos, sintiendo casi que te responden, en un diálogo íntimo entre tu dolor, tus esperanzas y los acompañantes de nuestro Rey Celestial.

Sin embargo, como en toda obra humana, la casa de Dios no está exenta de las contradicciones de este mundo. En la iglesia hacen vida distintos grupos de apostolado, y resulta un trago amargo constatar que, a veces, abunda una alarmante falta de humanidad en quienes supuestamente sirven al Rey Supremo. Duele ver cómo se escatima la bondad, la humildad y el respeto que el propio Jesucristo nos enseñó hacia el prójimo, demostrando que el hábito no siempre hace al monje.

El tesoro más grande: Trabajar junto al primogénito

Pero si hay un sentimiento que desborda el corazón y borra cualquier sombra de frustración, es el privilegio de compartir este espacio de trabajo con tu propio primogénito.

Llevarlo de la mano a cumplir esta labor es, sin duda, la mejor escuela. Poco a poco, entre labores de limpieza y risas compartidas, vas inculcándole ese amor y respeto absoluto por quien nos dio la vida. Al mismo tiempo, le das el ejemplo vivo de que, sin importar los títulos universitarios que tengas, ni los tropiezos que la vida te ponga enfrente, jamás hay que amilanarse ni desmayar.

Definitivamente, la experiencia de convertirse en el artífice de la limpieza de la casa de nuestro Rey es profundamente gratificante. Todo lo que somos y lo que tenemos se lo debemos a Él; y si el Todopoderoso escogió este camino y este destino para nosotros por ahora, Él sabrá perfectamente el porqué de las cosas. La pluma descansará, pero el alma, esa, sigue escribiendo con dignidad su mejor reportaje.

Texto: Luis Molero

Fotos: Luis David Molero.

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