Hay recorridos que no se miden en kilómetros, sino en lo que transforman por dentro. En Maracaibo, la tradicional visita a los siete templos durante el jueves y viernes Santo dejó de ser solo un acto religioso para convertirse en una experiencia íntima, profundamente humana, donde cada paso fue una conversación silenciosa entre el alma y Dios.

Desde muy temprano, las puertas de la Iglesia Medalla de La Milagrosa se abrieron como el inicio de un camino que no solo evocó la pasión de Cristo, sino también las propias cargas de quienes caminaban. Velas encendidas, miradas bajas y manos entrelazadas en oración marcaron el ritmo de una ciudad que, por un día, decidió hablar en voz baja.

La ruta continuó hacia la Basílica de Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá, donde la devoción se hizo multitud. Allí, entre plegarias y promesas, la fe zuliana reafirmó su raíz más profunda. No muy lejos, la Catedral Metropolitana de los Bienaventurados Apóstoles San Pedro y San Pablo recibió a los fieles con su solemnidad intacta, recordando que el recogimiento también es parte del encuentro.

En la parroquia Santa Bárbara, el tiempo pareció detenerse. Cada rincón invitaba a mirar hacia adentro. Lo mismo ocurrió en el Santuario de la Inmaculada Concepción, donde el silencio pesaba más que cualquier palabra, y donde muchos encontraron un espacio para reconciliarse consigo mismos.
La ruta espiritual también abrazó espacios cargados de simbolismo como la Iglesia Nuestra Señora del Rosario, la Capilla del Hogar Clínica San Rafael —donde la fe se mezcla con la fragilidad humana— y la Iglesia Santa Lucía, testigo de generaciones que han hecho de la devoción una forma de resistencia emocional.

Pero más allá de la arquitectura, de las imágenes sagradas o del protocolo litúrgico, lo que marcó este recorrido fueron las historias.
Nieves, con la voz entrecortada y la mirada cargada de lucha, confesó que atraviesa un proceso de depresión tras enfrentar el Alzheimer. “Mi fe es saber que Dios está en todos lados… yo le pido por mi salud y por todos los enfermos del mundo”, dijo, aferrándose a una vela como quien se aferra a la vida.

A pocos pasos, Miriam vivía su propia conexión. Para ella, la visita a los siete templos es más que tradición: es compañía. “Es un acto de fe… siento que Dios va conmigo a todos lados. Hoy oro por mi familia, por la salud, por no perder la esperanza”, expresó con serenidad.
Ambos testimonios, distintos pero profundamente conectados, revelan la verdadera dimensión de este recorrido: no es solo recordar el camino de Cristo hacia la cruz, es reconocer que cada persona también carga la suya.


La ciudad, que habitualmente vibra con ruido, tránsito y rutina, encontró en este jueves y viernes una pausa necesaria. Caminar entre templos fue también caminar hacia adentro, soltar culpas, agradecer en silencio y, sobre todo, volver a creer.
La iniciativa, impulsada por la Alcaldía Bolivariana de Maracaibo junto a la Arquidiócesis, y acompañada por la ruta organizada de Fomutur y Tranvía Maracaibo, logró algo más que movilizar feligreses: conectó emociones, reconstruyó sentidos y recordó que la fe también se vive en comunidad.

Y es que la Semana Santa no es solo calendario, es memoria viva de la misericordia infinita de Dios, que entregó a su Hijo para redimir al mundo desde el amor. Es el recordatorio de que el prójimo sigue siendo el centro de toda fe verdadera, mientras el alma, silenciosa, gotea como la sangre derramada en el madero de la cruz. A las tres de la tarde, cuando el sol cae con un peso distinto sobre Maracaibo, la ciudad parece detenerse para dejarse atravesar por esa luz que no solo ilumina, sino que transforma. Las siete palabras de Cristo no se apagan, permanecen latiendo en la memoria colectiva de un pueblo que cree, que ora y que resiste desde la esperanza. Este recorrido, no fue solo un trayecto entre templos, sino un viaje hacia lo más profundo del espíritu.
Crónica especial para Relámpago Zuliano, Noticias del Zulia.







Johsué Morales
CNP: 24.302
Fotografías: Johsué Morales / Luis Molero













