En una segunda vuelta marcada por una fragmentación histórica, la líder de Fuerza Popular mide fuerzas contra la izquierda de Roberto Sánchez. Tras una década de inestabilidad crónica, la demanda de orden y seguridad revaloriza el discurso de firmeza de los años noventa.
La política peruana regresa a las urnas este fin de semana en lo que parece un eterno e inconcluso debate con su propio pasado. Treinta años después de que Alberto Fujimori reconfigurara el mapa institucional andino, su apellido vuelve a situarse en el epicentro de la discusión pública en medio de la contienda presidencial de 2026, un proceso que trasciende la simple disputa partidista para convertirse en el examen definitivo a una de las corrientes políticas más persistentes y polarizantes de la región.
Tras una década de parálisis institucional, vacancias presidenciales y una severa crisis de representación, Keiko Fujimori encara la que analistas consideran la batalla definitiva de su trayectoria, bajo un escenario social donde la demanda de transformación ha sido desplazada por una urgente necesidad de estabilidad.
La paradoja de la persistencia: Cuatro balotajes en 15 años
La trayectoria de la líder de Fuerza Popular constituye un caso de estudio singular en el hemisferio. A pesar de haber encajado derrotas electorales de alto perfil en las segundas vueltas de 2011, 2016 y 2021, la vigencia del fujimorismo descansa sobre factores estructurales clave:
Maquinaria permanente: Mientras la mayoría de los partidos peruanos operan como vehículos electorales transitorios que desaparecen tras cada período fiscal, el fujimorismo conserva una organización nacional orgánica y una narrativa plenamente reconocible.
Electorado duro: Ninguna otra fuerza contemporánea en el país ha logrado fidelizar una base de apoyo tan estable en el tiempo frente a los cambios generacionales.
Ausencia de alternativas: La fragmentación del centro y la constante disolución de liderazgos alternativos han dejado el tablero político sin contrapesos organizados de largo alcance.
El factor seguridad y la reivindicación de los noventa
A diferencia de procesos anteriores, donde la candidata intentó marcar distancia formal con la gestión de su progenitor, la campaña de 2026 expone un viraje estratégico. Ante el recrudecimiento de la criminalidad organizada, el avance de economías ilegales y la percepción de un vacío de autoridad, el fujimorismo ha decidido abrazar sin ambages la memoria operativa de los años noventa.
La propuesta basada en la «mano dura» y la firmeza frente al delito resuena con fuerza en sectores exhaustos de la población. No obstante, representa una apuesta de alto riesgo: el legado familiar sigue fracturando al país en dos mitades exactas. Para millones de peruanos evoca el fin de la hiperinflación y el terrorismo; para otros, simboliza el autoritarismo, la concentración de poderes y violaciones a los derechos humanos. La gran incógnita de este domingo es si el histórico sentimiento antifujimorista —el principal dique que truncó sus aspiraciones previas— se ha desgastado lo suficiente como para permitirle la victoria.
Sánchez, actual congresista y exministro del gobierno del destituido Pedro Castillo, capitaliza el descontento de las regiones andinas y el voto de protesta del sur del país, aunque de cara al balotaje ha moderado sus líneas discursivas en busca del electorado moderado de centro.
Gobernabilidad en juego
Politólogos y expertos en desarrollo institucional, como Daniel Zovatto, señalan de manera sistemática que las democracias latinoamericanas enfrentan hoy su mayor peligro no en los debates ideológicos tradicionales, sino en la incapacidad de los gobernantes para ofrecer resultados concretos.
Con más del 70% del electorado habiendo optado por otras vías en la primera vuelta, el próximo inquilino del Palacio de Pizarro asumirá el mando de una nación con un tejido social agrietado y una severa crisis de confianza. El electorado peruano acude a las urnas no solo para elegir un mandatario, sino para decidir si el fujimorismo representa el cierre definitivo de un ciclo de inestabilidad o la prolongación de un conflicto histórico que lleva más de tres décadas inconcluso.
El Nacional-Relampago Zuliano.














