A sus 71 años, este apasionado del béisbol menor sobrevive en condiciones de extrema vulnerabilidad en la parroquia Cristo de Aranza. Sobreviviente de tres ACV, con su hogar a oscuras por fallas eléctricas y marcado por el calor humano de los vecinos, su memoria sigue atada a los diamantes donde vio nacer a glorias de la pelota nacional.

Hay historias que duelen en el alma y retratan con crudeza la fragilidad de la vida cuando el tiempo avanza y las fuerzas disminuyen. En la calle San Juan, ubicada en la avenida 17-A del sector Haticos por Arriba —justo en la parte posterior del antiguo INCE—, el tiempo parece haberse detenido entre techos colapsados, paredes marcadas por el fuego de un viejo conato de incendio y una penumbra constante que carcome los días de Osvaldo Enrique Molina.

A sus 71 años, don Osvaldo vive solo. O más bien, acompañado por los recuerdos imborrables de una época dorada en la que su vida giraba en torno al deporte menor, al sonido de los bates y al entusiasmo de los niños que correteaban por los campos de béisbol. Hoy, la realidad es otra: las secuelas de un accidente cerebrovascular (ACV) que sufrió años atrás limitan sus movimientos, la falta de un sistema eléctrico operativo lo sumerge en la oscuridad cuando cae la tarde, y una pequeña pensión, sumada al respaldo intermitente de su hermana, es todo lo que sostiene su día a día.

El eco de los diamantes y las grandes figuras
Al conversar con don Osvaldo, la memoria se ilumina de repente. Su rostro cansado se transforma cuando recuerda sus años dorados como colaborador incansable en la Pequeña Liga Cacique Mara y su andar con el equipo de veteranos de Antonio Riñe. Con una lucidez conmovedora, rememora los tiempos en los que recorría Venezuela prestando asistencia, cargando bates, repartiendo pastillas y guiando a las futuras promesas del béisbol rentado.

«Yo llevaba a mi sobrina y a los muchachos a la Pequeña Liga… Yo conocí toda Venezuela gracias a los veteranos», relata con orgullo nostálgico.
Por sus manos y su cercanía pasaron nombres que hoy brillan en la historia de la pelota criolla. Con una sonrisa de satisfacción, recuerda cuando trasladaba desde Santa Bárbara al estelar Gerardo Parra, o cuando veía formarse a peloteros de la talla de Alex Romero, actual coach de bateo de las Águilas del Zulia. Sin embargo, un dejo de amargura asoma cuando confiesa que aquellas promesas de respaldo hechas en tiempos de gloria se quedaron flotando en el viento, dejándolo solo frente a la adversidad.

Sobrevivir entre la soledad y la esperanza
Su cotidianidad comienza temprano, a las 5:30 de la mañana, sintonizando las noticias en un diminuto espacio donde intenta encontrar alivio. Aunque un dramático incendio casero destruyó parte de sus conexiones y artefactos —dejándolo a oscuras y obligándolo a sortear el peligro con una valentía que aún estremece a los vecinos—, don Osvaldo se aferra a su comunidad. Saludar al frente, conversar con los transeúntes y recibir el café que le preparan sus familiares es lo único que rompe el silencio de su encierro.

Devoto ferviente de la Milagrosa y del siervo de Dios José Gregorio Hernández, el veterano deportista no pide lujos, sino dignidad: una ayuda para levantar de nuevo su techo, una silla de ruedas que le permita desplazarse sin depender plenamente de sus piernas entumecidas, y una mano amiga que lo rescate del olvido.

Osvaldo Molina se niega a ser un fantasma en su propia tierra. Desde los cimientos de un pasado entregado al deporte y a la comunidad, alza su voz en silencio, esperando que la solidaridad de Maracaibo acuda a rescatarlo antes de que la noche sea definitiva.

Texto y Fotos: Luis Molero.














