Orlando Escalona ya cumplió su tiempo formal en las aulas, pero su vocación no conoce de decretos ni de retiros. Mientras la crisis empuja a muchos al abandono, este maestro de astrofísica demuestra que la curiosidad humana no tiene jubilación. Desde la observación del cosmos hasta la formación de medallistas olímpicos en Rusia, Escalona nos recuerda que educar es, ante todo, un acto de rebelión contra la ignorancia.
En el ecosistema educativo venezolano, donde las estadísticas suelen hablar de ausencias, la figura del profesor Orlando Escalona emerge como un símbolo de resistencia. Su historia representa a esos educadores cuya vocación trasciende el aula, las circunstancias y hasta los papeles de jubilación. Aunque formalmente está retirado del sistema, Escalona sigue descifrando el universo para otros, convencido de que el compromiso de enseñar es una sentencia de por vida.
Su trinchera actual se encuentra en el Centro de Investigaciones de Astronomía y Tecnologías Aplicadas (CIDATA). Allí, lejos de la pasividad del retiro, comparte sus conocimientos con niños, jóvenes y adultos. Aunque su trayectoria comenzó en los pasillos universitarios, el tiempo le reveló un don especial: la capacidad de traducir la complejidad del cosmos para los más pequeños.
“Me di cuenta de que podía enseñar ciencia a niños y jóvenes, y eso marcó mi camino”, confiesa con la satisfacción de quien halla una nueva misión.
Lejos de ver la docencia como un simple empleo, Escalona la define como su proyecto de existencia. Mientras el entorno económico empuja a muchos a colgar la tiza, él sostiene que el combustible de su permanencia es el amor puro por el saber. Para este maestro, transmitir conocimiento —sin distinguir edades ni estratos sociales— es una de las responsabilidades más nobles y pesadas que un ser humano puede cargar sobre sus hombros.
Al mirar por el retrovisor de su carrera, el profesor analiza con lucidez la brecha generacional. Su propia historia comenzó bajo la sombra de un árbol en una zona rural, donde las carencias eran la norma. Sin embargo, su visión no es pesimista; reconoce que hoy, a pesar de las grietas del sistema, la tecnología ofrece herramientas sin precedentes para llevar el conocimiento a cada rincón del país, una oportunidad que define como invaluable para quienes hoy se forman.
Sobre el significado de este 15 de enero, Escalona no titubea: hay que celebrarlo. Para él, el orgullo de ser docente es una llama que debe mantenerse viva. Sostiene que celebrar no es ignorar la crisis social o política, sino reivindicar el rol vital que el educador tiene con la patria. “Siento que todavía puedo aportar algo, y eso ya es motivo para celebrar”, afirma con una contundencia que desarma cualquier cinismo.
El punto más luminoso de su memoria reciente tiene sello internacional. Escalona fue el artífice detrás del grupo de jóvenes venezolanos que brilló en las Olimpiadas Internacionales de Astronomía en Rusia. Aquellos estudiantes, provenientes de hogares con limitaciones económicas, transformaron su hambre de saber en medallas de plata y bronce. Para el profesor, este logro histórico no es solo un trofeo, sino la prueba irrefutable del poder transformador de la educación.
Como una última reflexión dirigida a sus colegas, Orlando Escalona lanza un reto a la perseverancia. Su invitación es a no perder la capacidad de emocionarse frente al pizarrón y a entender que cada lección es una semilla que germinará a su tiempo. “Dentro de unos años nos daremos cuenta de que hemos dejado un legado. Y eso es hermoso: sembrar el amor por el conocimiento”, concluye.
En tiempos donde la incertidumbre parece ganarlo todo, la vida de Orlando Escalona actúa como un faro. Su permanencia en las aulas, incluso tras la jubilación, demuestra que enseñar no es solo dictar cátedra, sino despertar vocaciones y fabricar futuro. Mientras existan maestros que sigan creyendo en el saber, Venezuela tendrá motivos para no dejar de mirar hacia arriba.
Reportaje Especial: Pasante – Camilo Cepeda
Fotografías: Camilo Cepeda















