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Crónica de fe | Cristo vuelve sin reproches y Maracaibo camina hacia la misericordia que lo cambia todo

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Desde la novena iniciada en Viernes Santo hasta la Solemne Eucaristía, la ciudad vivió una experiencia espiritual que trascendió la multitud. La homilía de monseñor José Luis Azuaje puso el acento en lo esencial la misericordia como un acto de amor que no juzga, sino que busca, perdona y reconstruye.

Hay expresiones de fe que se ven.
Y otras que se sienten incluso antes de comenzar.

La celebración de la Divina Misericordia en Maracaibo no inicia en la calle ni en la multitud. Comienza días antes, en la intimidad de quienes, desde el viernes santo, se sumergen en la novena como un acto de recogimiento que nace del dolor y encuentra sentido en la esperanza.

Ese punto de partida no es casual. La tradición ubica el origen de esta devoción en el momento más crudo del cristianismo, la cruz. Desde allí, el creyente no solo recuerda el sacrificio, sino que aprende a entender la misericordia como una respuesta al sufrimiento humano.

Con ese espíritu llega el domingo. Y con él, una ciudad que no solo se moviliza, sino que se dispone.

La Hora Santa en la iglesia La Consolación marca el primer latido visible de esta experiencia. El silencio compartido, las miradas recogidas, la oración contenida, las lágrimas, crean un ambiente donde la fe deja de ser rutina y se convierte en necesidad.

Luego comienza la caminata. Pero lo que ocurre en Maracaibo no puede explicarse solo desde lo masivo. No es únicamente una de las concentraciones religiosas más grandes del país o el mundo. Es una ciudad entera avanzando con historias distintas, pero con un mismo anhelo, volver a creer.

Hay quienes caminan por agradecimiento, otros por promesas, algunos por necesidad. Todos, de alguna forma, cargan algo invisible: su cruz.

Y en ese recorrido, sin discursos ni explicaciones, la fe se vuelve tangible.

Al llegar a la Solemne Eucaristía en Grano de Oro, la reflexión de monseñor José Luis Azuaje no giró en torno a la magnitud del evento, sino al corazón del mensaje cristiano. Desde el Evangelio según San Juan, el arzobispo propuso una lectura que interpela directamente al ser humano.

Cristo no vuelve para señalar a quienes lo abandonaron. Vuelve para buscarlos.

Va hacia aquellos que lo dejaron solo en el momento más difícil y lo hace desde el amor. No hay reproche, no hay reclamo. Solo encuentro.

Ese gesto rompe con la lógica humana. Porque lo natural sería exigir, cuestionar o marcar distancia. Pero la misericordia, como explicó Azuaje, no funciona desde la medida del hombre, sino desde la profundidad de Dios.

Cristo se coloca en medio. No como figura lejana, sino como centro de la vida.

Allí está una de las claves de la celebración, entender que la fe no es un acto externo, sino una relación que transforma la manera de ver, pensar y vivir.

En ese contexto, la paz adquiere otro significado. No es una palabra repetida ni un saludo aprendido. Es un don que regenera.

Una paz que no elimina las dificultades, pero permite enfrentarlas desde otro lugar. Que reconstruye lo que está roto y abre espacio para la comunión, incluso en medio de las diferencias.

La homilía dejó una pregunta suspendida en el ambiente. Una de esas que no se responde de inmediato.

Si Cristo fue capaz de volver sin reproches
¿somos nosotros capaces de hacer lo mismo?

La Divina Misericordia no se limita a consolar. También exige. Invita a revisar las propias heridas, pero también la forma en que se mira al otro. Es un llamado a reconciliar, a reconstruir, a no cerrar las puertas.

Hacia el final, la imagen del Evangelio se vuelve aún más íntima. Cristo sopla sobre sus discípulos y les entrega el Espíritu Santo. No hay espectáculo en ese gesto. Hay cercanía. Hay vida.

Ese soplo representa la fuerza que sostiene al creyente cuando todo parece desmoronarse. Es la presencia silenciosa que acompaña incluso en los momentos de duda. Por eso, cuando la multitud se dispersa, la experiencia no termina. Permanece en lo invisible. En lo que cada quien se lleva consigo.

La procesión de la Divina Misericordia en Maracaibo trasciende la idea de una caminata multitudinaria. Es una experiencia espiritual que interpela, que confronta y que, sobre todo, ofrece una posibilidad real de comenzar de nuevo.

Porque al final, no se trata solo de caminar juntos. Se trata de entender que siempre hay un camino de regreso.Y en ese regreso, la misericordia no señala.
Abraza.

Johsué Morales
CNP: 24.302
Fotografías: Luis Molero / Johsué Morales

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