Sepultado en la década de 1980 para dar paso al complejo hidroeléctrico Uribante-Caparo, este rincón agrícola del estado Táchira desafía al olvido. Cada vez que las sequías bajan el nivel del embalse, la imponente torre de su iglesia emerge como el mudo testigo de una comunidad que se niega a morir.
Hay geografías que cambian por el desgaste de los años, hay caseríos que se apagan por el éxodo de sus pobladores y, de manera excepcional, existen localidades cuyo destino se escribe bajo el agua. Potosí pertenece a este último y fascinante grupo. Enclavada originalmente en las montañas del municipio Uribante, estado Táchira, esta comunidad agrícola vivió durante generaciones al ritmo del café, la ganadería y la vida de pueblo, hasta que el mapa de Venezuela debió redibujarse en nombre del progreso energético.
Orígenes y vida entre montañas
Los anales de la región ubican la génesis de Potosí hacia mediados del siglo XIX —con registros que apuntan a 1855—. Con el paso de las décadas, aquel asentamiento andino floreció hasta consolidarse como un punto neurálgico de encuentro familiar.
Sus calles albergaban casas tradicionales, comercios locales, una escuela y la prefectura, pero el corazón espiritual indiscutible era la iglesia de San Isidro Labrador, patrono de los agricultores. Culminado en 1953, el templo contaba con una robusta estructura de hierro y concreto rematada por una esbelta torre campanario de 26 metros de altura. En su interior se celebraron bautizos, bodas y festividades patronales que cimentaron la identidad comunitaria de cientos de tachirenses.
El costo del desarrollo: El adiós obligatorio
La modernización del país en las décadas de 1970 y 1980 trajo consigo la ejecución del macroproyecto hidroeléctrico Uribante-Caparo, que comprendía la creación del embalse La Honda y la central San Agatón. Sin embargo, el suelo requerido para la presa no estaba deshabitado; allí estaba Potosí.
En 1984, el desalojo oficial se hizo inminente. Para el Estado venezolano representaba una obra vital de generación eléctrica; para los lugareños, significó un desgarrador exilio. Familias enteras tuvieron que abandonar sus hogares, los sembradíos, la escuela y hasta el cementerio donde reposaban sus antepasados, dispersándose por la geografía nacional en busca de un nuevo comienzo.
Lentamente, las aguas del embalse comenzaron a inundar el valle, convirtiendo las calles, plazas y viviendas en una postal sumergida.
La torre que desafió al olvido
Cuando el espejo de agua alcanzó su nivel máximo, la geografía de Potosí desapareció de la superficie. O casi toda. La única excepción fue la imponente estructura de la iglesia de San Isidro Labrador, cuya punta emergió como un faro solitario en medio del embalse, transformándose instantáneamente en el símbolo indiscutible del pueblo sumergido.
Con el transcurrir de los años, los ciclos climáticos y las sequías severas —especialmente registradas entre 2009-2010 y en 2016— han provocado el descenso dramático del nivel del agua, revelando un escenario de película: calles pavimentadas, cimientos de casas y restos del antiguo camposanto vuelven a ver la luz solar.
Para los curiosos y turistas, se trata de una atracción insólita. Para los antiguos habitantes, representa un viaje emocional al pasado; una oportunidad para caminar de nuevo sobre los escombros de su infancia y reencontrarse, por unas pocas horas, con los fantasmas entrañables de su juventud.
Memoria que no se ahoga
Potosí se ha ganado un sitial único en el imaginario colectivo de Venezuela. Más allá de su valor como atractivo fotográfico y turístico del estado Táchira, su historia encierra una profunda reflexión sobre los costos humanos del desarrollo y la resiliencia de las comunidades desplazadas.
El agua logró cubrir los techos, anegar las plazas y silenciar el bullicio de sus días de gloria, pero fue incapaz de borrar su nombre de la memoria nacional. Cuando las lluvias regresan, la torre se sumerge en el silencio; cuando la sequía aprieta, San Isidro Labrador vuelve a emerger para recordar que allí existió un pueblo laborioso, un hogar y una vida que ninguna represa pudo sepultar del todo.
Agencias- Relámpago Zuliano.














