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De los escombros a la esperanza: La historia de supervivencia y resiliencia de Alejandro Senges tras el devastador terremoto en La Guaira

A sus 42 años, este educador y emprendedor perdió en cuestión de segundos el hogar de toda su vida y el negocio que construyó durante dos décadas. Hoy, tras sobrevivir a la tragedia del 24 de junio y convertirse en testigo de la solidaridad y el abandono oficial, transforma el dolor en un nuevo punto de partida.

Hay catástrofes que no solo derrumban edificaciones, sino que reescriben por completo la existencia de quienes las padecen. Para Alejandro Javier Senges, la vida se divide en un antes y un después del pasado 24 de junio de 2026, fecha en la que un violento terremoto sacudió al estado La Guaira, reduciendo a escombros la estabilidad que había tardado años en forjar.

El día que la tierra se detuvo

Nacido y criado en La Guaira, Alejandro ya sabía lo que significaba la furia de la naturaleza: en 1999, cuando apenas tenía la edad que hoy posee su hijo Alejandro Gabriel (15 años), sobrevivió al histórico deslave que marcó a la región. Sin embargo, aquella vez la casa familiar en Pariata resistió. Esta vez, el edificio de Playa Grande donde residía colapsó sin piedad.

Eran las seis de la tarde y se disponía a abrir su local de comida rápida en el Parador Turístico Playa Chévere —un emprendimiento de hamburguesas y pizzas que levantó junto a su esposa Mayra Cristina tras años de esfuerzo para escapar de la precaria realidad salarial del gremio docente—. El primer temblor los sorprendió en el estacionamiento subterráneo. Segundos después, un segundo movimiento mucho más violento desató el caos.

«El automóvil comenzó a desplazarse de un lado a otro y perdí el control. Se fue la luz. Cerré los ojos. Abracé a mi esposa. Estaba esperando que nos cayera el techo encima. Si íbamos a morir, que nos encontraran abrazados», relata con crudeza sobre aquellos minutos eternos.

Entre el caos y la solidaridad vecinal

Al salir a la superficie, el panorama era desgarrador: gritos, heridos y edificaciones desplomadas. El terror se multiplicó al no saber el paradero de su hijo, quien hacía tareas con su abuela en un edificio contiguo. Milagrosamente, tras minutos de angustia indescriptible, halló a su hijo a salvo y a su madre emergiendo con vida de entre los escombros.

Sin luz, agua ni comunicaciones, y refugiados improvisadamente en la casa de un vecino junto a decenas de personas, Alejandro demostró el temple que lo caracteriza. Sabiendo que su local había quedado destruido, caminó entre los escombros para rescatar los víveres que le quedaban —pollo, carne, pan— y transformarlos en alimentos para compartir con los damnificados. Asimismo, una sopa comunitaria preparada por una vecina anónima en plena calle le recordó la profunda nobleza del venezolano en las horas más oscuras.

El abandono oficial y el rescate internacional

Los primeros días estuvieron marcados por la zozobra de la inopia institucional. Según relata el sobreviviente, las pocas maquinarias de remoción disponibles eran privadas y costosas, mientras brillaba por su ausencia la maquinaria estatal. La primera asistencia profesional provino de los rescatistas internacionales, destacando la labor humanitaria de 280 militares del Batallón de Atención a Emergencias (BAE) del Ejército Mexicano, seguidos por equipos de España, China e Irán.

Durante el último mes, Alejandro ha alternado su rol de damnificado con el de cronista improvisado, reportando para medios internacionales la magnitud del desastre que destruyó escuelas, hospitales y comercios en un estado que, a su juicio, requerirá décadas para levantarse.

Un «reseteo» hacia el futuro

Habiendo donado lo poco rescatable de su hogar a otros necesitados y tras recibir asistencia humanitaria de organismos como Unicef, la Cruz Roja Italiana y la Unión Europea, Alejandro asume esta prueba como un reinicio absoluto.

Lejos de la amargura, su balance es de profunda gratitud: «La diferencia entre quedarse sin nada pero con la familia cambia la manera de ver la vida», reflexiona. Con la valentía de haber mirado a la muerte de frente, Alejandro Senges avanza con la certeza de que, aunque el cemento y las estructuras se vengan abajo, la voluntad de vivir y construir un nuevo mañana permanece intacta.

El Nacional-Relámpago Zuliano.

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