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Zulianidad, una forma de arder bajo el sol, cantar con el alma y comer con las manos


Ser zuliano es hablarle al sol sin miedo, comer con orgullo, cantar con el alma y creer con devoción. El 28 de enero no se celebra, se siente. Una identidad que arde, abraza y permanece.

Hay territorios que se habitan. Y hay otros que se sienten. El Zulia no se explica, se vive. Se lleva en el tono de voz que no pide permiso, en el calor que no se disculpa, en el saludo directo, en la risa sonora y en esa manera particular de mirar al mundo como si todo fuera posible. El Día de la Zulianidad no es una fecha en el calendario, es un estado del espíritu.

Ser zuliano es crecer con el lago como espejo, con el sol tatuando la piel desde temprano y con una identidad que no se diluye aunque pasen los años o se crucen fronteras. Es una personalidad que entra primero y se presenta después. Intensa, frontal, hospitalaria, orgullosa.

La zulianidad también se come. Se mastica lentamente o se devora con ganas. Huele a arepa recién asada, a mandoca dulce que cruje, a patacón que se arma como obra de ingeniería popular. Es el queso que se estira, el suero que manda, el chivo que cuenta historias antiguas, el coco que aparece donde nadie lo espera. Comer en el Zulia no es un acto cotidiano, es una celebración sin protocolo, una excusa para reunirse y quedarse.

La música no se escucha, se hereda. La gaita suena a diciembre, pero también a memoria. Es tambor, es furro, es calle, es fe. Es el sonido de una tierra que canta incluso cuando duele. En cada acorde hay barrio, hay familia, hay promesa. La gaita no pide silencio, pide coro. Y el zuliano responde.

La cultura se manifiesta en los colores. En los murales que cuentan lo que no siempre se escribe. En las plazas que resisten el tiempo. En el Centro Histórico que guarda pasos antiguos y nuevas historias. En Santa Lucía, en El Empedrao, en la Vereda del Lago, en el lago mismo que observa sin hablar pero lo sabe todo.

Y en el centro de todo, la fe. La Chinita. La que no necesita presentación. La que se nombra con respeto, con cariño, con devoción heredada. La Virgen de Chiquinquirá no solo acompaña, protege. No solo escucha, responde. Para el zuliano la fe no es distante ni solemne, es cercana, cotidiana, familiar. Se le habla como a una madre que siempre está.

El 28 de enero no se celebra con discursos largos ni fórmulas repetidas. Se celebra siendo. Recordando quiénes somos. Defendiendo la alegría como trinchera, la identidad como bandera y la memoria como herencia.

Porque ser zuliano no es un gentilicio. Es una manera de caminar, de hablar, de cantar, de comer, de creer. Es vivir con el corazón expuesto y el orgullo intacto. Es, simplemente, una forma distinta de estar en el mundo.

Johsué Morales
CNP: 24.302
Fotografías: Andry Jons