Ni el juego deslucido del encierro logró apagar el brillo de una tarde donde los colores, el oficio y la bravura de Riotinto sostuvieron el espíritu de la Feria de San Sebastián.

La tarde en la Plaza de San Cristóbal comenzó con el aire caliente de enero abrazando los tendidos, como si cada respiración fuera un juramento de entrega. La Feria de San Sebastián, con su historia y su razón de ser, convocó a un puñado de aficionados sedientos de arte y emoción. En este lienzo de polvo y sol, los colores no solo eran ornamentales: eran promesas, codificadas en seda y oro sobre los cuerpos de los toreros, que bajaron al ruedo como si cada paso fuera un verso del destino.
Emilio de Justo hizo su paseíllo vestido con un terno azul marino y oro, como si viniera desde las profundidades del océano taurino para rescatar la pureza del temple. Azul como el océano que arropa lo desconocido, y oro como la luz incontestable de una tarde por conquistar.

David de Miranda, por su parte, llegó con su capa de sangre de toro y oro, rojo que hablaba de energía, de corazón y de pasión incontenible. Ese rojo no era solo un color: era el pulso de la fiesta, un ritmo que llama a sentir cada muletazo como si fuera el último latido antes del alba.
Y allí estaba Jesús Enrique Colombo, vestido de tabaco y oro, un tono que evocaba tierra antigua, raíces profundas y la paciencia de quien conoce cada pliegue de la tauromaquia en su piel.

En la tauromaquia, los colores de los trajes no son mera ornamentación: son símbolos, y a veces, destinos. El azul marino de De Justo reflejaba su serenidad técnica frente a un enemigo de ímpetu incierto. El rojo sangre de De Miranda era un grito al alma de la fiesta, capaz de encender silencios y provocar ovaciones profundas. El tabaco de Colombo recordaba el olor de la tierra labrada por generaciones, esa que abraza al toro y al hombre en un diálogo ancestral.
Pero el campo de Los Aranguez, pese a su bien presentada hechura, no regaló la bravura que la afición anhelaba. La corrida se sintió descafeinada, faltó esa chispa de fuego que enciende la tarde y eleva las faenas al nivel de mito. Los toros, en su mayoría, padecieron de falta de clase, casta y recorrido.

Riotinto: El corazón bravo de la tarde
Sin embargo, entre tanta conformidad, apareció Riotinto. Ese toro fue el latido que arrancó sonrisas, el compás que llevó a la muchedumbre a pedir con fuerza su indulto, ese honor supremo reservado a quienes merecen seguir vivos por derecho propio. Fue como si la arena, por un breve instante, sintiera de nuevo el pulso ancestral de la fiesta.
Al final, pese a las carencias del encierro, la balanza se inclinó hacia los hombres. David de Miranda y Colombo salieron a hombros, mostrando que la voluntad del torero puede a veces eclipsar el discreto juego de los astados. Sus nombres resonaron con fuerza en los tendidos, como si el tono de su valor hubiera pintado el aire con matices imposibles de borrar.
La plaza, esa vieja amante de la afición, no siempre regala tardes perfectas. Pero en el cruce de colores —el azul marino de la técnica, el rojo de la sangre viva y el tabaco de la tradición— se tejió una historia que quedó marcada en el alma de quienes estuvieron allí. Porque en la fiesta brava, incluso los desperfectos son parte de la belleza: cada color y cada pase, por humilde que sea, cuenta una historia que no muere al caer el telón.
Pasante – Camilo Cepeda
Fotos: Camilo Sebastián y Cobaria














