Al situarnos a exactamente una semana del Viernes Santo, la liturgia nos prepara para la tensión espiritual que vivió el Mesías.
Hoy, viernes previo al Domingo de Ramos, la Iglesia se sumerge en una de sus tradiciones más conmovedoras: el Viernes de Dolores. Esta jornada marca el inicio espiritual de la Pasión, invitando a los fieles a no dejar sola a la Virgen María en el sufrimiento que precede a la entrega de su Hijo.
Conocido antiguamente como «Viernes de Concilio», esta fecha se sitúa en la V Semana de Cuaresma (Semana de Pasión). Aunque el calendario litúrgico actual centra la festividad universal de Nuestra Señora de los Dolores el 15 de septiembre, la devoción popular y el arraigo histórico mantienen vivo este viernes como el preludio necesario a la Semana Santa.
Un recorrido por la historia y la liturgia
La conmemoración fue institucionalizada en 1472 por el Papa Benedicto XIII. Siglos más tarde, tras las reformas del Concilio Vaticano II, se buscó evitar la duplicidad de celebraciones. Sin embargo, en el año 2000, San Juan Pablo II mantuvo en el Misal Romano la «memoria dedicada a la Santísima Virgen de los Dolores» como una opción para este día, respetando el fervor de los lugares donde esta tradición es columna vertebral de la fe.
«Tu dolor es inmenso como el mar», resuena en los himnos de hoy, recordando que María, aunque sostenida por la esperanza de la Resurrección, sufrió profundamente la crueldad impuesta a su Hijo inocente.
Tradiciones que permanecen vivas
En naciones como España y México, el Viernes de Dolores se vive con una intensidad única:
Altares de Dolores: Las casas abren sus puertas con altares adornados, donde se ofrece «agua fresca» que simboliza las lágrimas de la Virgen.
Procesiones y Vigilias: Las imágenes de la «Dolorosa» recorren las calles, permitiendo que el pueblo acompañe su soledad.
La promesa de los Siete Dolores
La devoción invita a meditar en los siete momentos de mayor sufrimiento de María. Según la tradición, la Virgen prometió a Santa Brígida de Suecia siete gracias especiales para quienes la consuelen diariamente rezando siete Avemarías mientras meditan en sus lágrimas.
De igual forma, Santa Isabel de Hungría recibió la revelación de que el Señor concede cuatro gracias particulares a los devotos de los dolores de su Madre, reconociendo el valor de acompañarla en el «Viernes de Pasión».
Una espera con esperanza
Al situarnos a exactamente una semana del Viernes Santo, la liturgia nos prepara para la tensión espiritual que vivió el Mesías. Es un tiempo de misericordia y gracia. Al acompañar a la Madre Dolorosa, los católicos recordamos que, a pesar de la oscuridad que se avecina en la Pasión, la luz de la Resurrección terminará por abrirse paso.
Aciprensa-Relampago Zuliano.














