Advertisement

Colombia y las elecciones más cruciales de lo que va del siglo

Colombia vive hoy una tensión permanente. Un país que parece avanzar por un tobogán donde, en lugar de agua, corre sangre, miedo y polarización.

Entender la dicotomía en la que vivimos los colombianos no es sencillo. Para comprender el presente político del país habría que estudiar siglos de violencia, división y confrontación ideológica. La violencia en Colombia no comenzó el 9 de abril de 1948 con el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán y el posterior Bogotazo, como suele resumirse en muchos relatos históricos. Sus raíces son mucho más profundas.

Desde la creación misma de la Nueva Granada surgieron dos visiones enfrentadas del Estado y del poder: una representada por Francisco de Paula Santander y otra por Simón Bolívar. Aunque ambos fueron protagonistas de la independencia, también simbolizaron dos tendencias políticas y filosóficas que marcarían el destino del país. Desde entonces, Colombia ha vivido bajo una constante confrontación entre modelos ideológicos incapaces de convivir plenamente con el contradictor político.

Durante el siglo XIX, el país atravesó múltiples guerras civiles que desgastaron la nación hasta desembocar en la Guerra de los Mil Días, conflicto originado tras la separación de Panamá y que dejó al país sumido en pobreza y destrucción. Décadas después, hacia finales de los años veinte y durante los años treinta, la violencia bipartidista entre liberales y conservadores comenzó a intensificarse especialmente en regiones santandereanas y boyacenses.

Toda esa presión social explotó definitivamente con el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán en 1948. A partir de allí, Colombia entró en una espiral de violencia que, de una u otra manera, aún no termina. Posteriormente surgirían las guerrillas liberales que, con el paso de los años, evolucionaron hacia los movimientos insurgentes contemporáneos.

En medio de esa crisis apareció el Frente Nacional, un pacto político mediante el cual liberales y conservadores se alternaron el poder durante varios años, cerrando el paso a nuevas fuerzas políticas. Muchos consideran que allí nació una profunda frustración democrática. El episodio electoral de 1970, marcado por las sospechas alrededor de la derrota del general Gustavo Rojas Pinilla frente a Misael Pastrana Borrero, dejó heridas abiertas en la sociedad colombiana. Para muchos historiadores, ese momento sembró las bases para el surgimiento del M-19, una de las guerrillas más mediáticas e histriónicas de América Latina.

El M-19 mezcló acciones simbólicas con operaciones militares: el robo de la espada de Bolívar, la distribución de alimentos en sectores populares, el robo de armas del Cantón Norte y, finalmente, la tragedia del Palacio de Justicia, un episodio del que aún hoy persisten interrogantes sobre el número real de víctimas y responsabilidades históricas.

Los posteriores procesos de paz permitieron la reincorporación de muchos combatientes a la vida civil. Sin embargo, otros regresaron a la lucha armada, ya no impulsados por ideales revolucionarios sino por economías criminales ligadas al narcotráfico y la minería ilegal.

La historia latinoamericana parece moverse como un péndulo. El problema es que Colombia pareciera girar siempre varios años atrás. Mientras hace dos décadas gran parte de América Latina vivía el auge de la llamada “nueva izquierda” con figuras como Hugo Chávez en Venezuela, Rafael Correa en Ecuador, Lula da Silva en Brasil o el sandinismo en Nicaragua, Colombia observaba desde la distancia ese fenómeno político. Hoy pareciera estar entrando de lleno en esa misma dinámica regional.

El país llega a estas elecciones después de cuatro años de un gobierno que despertó enormes expectativas sociales y económicas. Sin embargo, para muchos ciudadanos el cambio prometido terminó siendo principalmente administrativo. Persisten problemas históricos como la corrupción, el desorden institucional y el deterioro económico. A esto se suman la crisis del sistema de salud, la incertidumbre empresarial, el aumento de la polarización política y los constantes enfrentamientos diplomáticos.

Quienes miran con preocupación el rumbo actual del país suelen señalar ejemplos regionales. Venezuela pasó de ser una de las economías más prometedoras de América Latina a convertirse en un país marcado por la migración masiva, la pobreza y el deterioro institucional. Bolivia continúa enfrentando profundas dificultades estructurales. Argentina ha sufrido largos ciclos de estancamiento económico, mientras Ecuador enfrenta una creciente espiral de violencia.

Para algunos sectores, Colombia corre el riesgo de repetir parte de esos errores históricos.

Las elecciones del próximo 31 de mayo aparecen entonces como una de las decisiones políticas más importantes de este siglo para los colombianos. El escenario refleja un país dividido, desconfiado y profundamente polarizado.

Por un lado, existe una izquierda radical que continúa apelando al discurso de confrontación histórica y social, pero que para muchos aún no logra ofrecer respuestas claras y contundentes frente a los problemas contemporáneos del país. Por otro, sectores de centro intentan construir una posición moderada, aunque muchas veces terminan diluidos entre discursos ambiguos y falta de identidad política. Finalmente, emerge una derecha que para algunos representa un “voto avergonzante”, pero que gana fuerza en sectores cansados de la inseguridad y el desorden institucional.

Ese discurso de orden plantea medidas más severas: cumplimiento estricto de la ley, fortalecimiento de la autoridad y reformas profundas en materia de seguridad y justicia. Para sus críticos, sería una terapia de choque peligrosa; para sus defensores, una necesidad inevitable en un país donde la violencia pareciera haberse normalizado.

Colombia vive hoy una tensión permanente. Un país que parece avanzar por un tobogán donde, en lugar de agua, corre sangre, miedo y polarización.

La preocupación de muchos ciudadanos no radica únicamente en quién gane las elecciones, sino en la capacidad del país para aceptar democráticamente los resultados. Existe el temor de que, si un sector pierde, desconozca la legitimidad del proceso y profundice aún más la fractura nacional.

En medio de tanta incertidumbre, Colombia vuelve a enfrentarse a su viejo espejo histórico: el de un país dividido entre extremos, atrapado en los ciclos de su propia violencia y obligado, una vez más, a decidir hacia dónde quiere dirigirse como nación.

Y mientras tanto, como dice el viejo refrán popular: “amanecerá y veremos”, dijo el ciego.

Jhon Freddy La Torre.

Diseño y estampados de franelas en DTF y Vinil Textil,
al detal y al mayor.