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Cuando la tierra rugió

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Somos un país gigante que hoy está profundamente devastado, pero vamos a resurgir, con nuestros dolores y heridas, pero vamos a resurgir.

Dicen los expertos que la energía liberada por los dos potentes terremotos de 7.1 y 7.5 que sacudieron violentamente a la región norte costera de Venezuela equivale a 260 bombas nucleares. Podrán imaginarse la magnitud de la catástrofe que hoy vive el país.

El fatídico miércoles 24 de junio, día de fiesta nacional, los venezolanos jamás nos imaginamos lo que le esperaba a nuestro país. Horas de angustia, de incertidumbre y llegó el dolor, el llanto y las heridas. Llegó la despedida indeseada; el último abrazo; el último beso o la última caricia que nadie planificó. La vida es un suspiro, dijo una deportista que presenció desde El Ávila el rugir de la tierra.

Hay localidades donde hasta esta mañana no había llegado el socorro esperado

Es difícil escribir estas líneas, porque he visto testimonios desgarradores: padres que perdieron a sus hijos, hijos que perdieron a sus padres, niños que perdieron a todos sus familiares y hombres y mujeres suplicando ayuda para levantar los escombros y, por lo menos, sacar los cadáveres de amigos o familiares.

El estado Vargas, cuyo nombre fue cambiado por el régimen por La Guaira, ha sido declarado zona de desastre natural y se ha ordenado la militarización, pero la verdad es que hay localidades donde hasta esta mañana no había llegado el socorro esperado. Los cuerpos de bomberos, paramédicos y voluntarios hacen esfuerzos sobrehumanos para apoyar las operaciones de búsqueda y rescate. La desinversión de años en una defensa civil robusta nos está pasando factura.

Pero quiero destacar el espíritu de grandeza de los venezolanos. Sabemos que hay ayuda en camino y lo agradecemos profundamente porque es urgente y necesaria, pero la solidaridad de los venezolanos es digna de admirar en estos momentos. Hombres organizados en torno a sus antiguas comunidades se suben sobre las montañas de concreto para tratar de retirar las pesadas vigas de lo que antes eran techos y paredes.

En todo el territorio hay cientos de miles de personas que han habilitado centros de acopio en universidades, plazas, mercados, esquinas de avenidas principales, en iglesias y hasta en los propios garajes de sus hogares. La solidaridad, históricamente, ha sido el motor que hacer andar a las sociedades.

Confieso que he llorado en varias oportunidades. Es un llanto intermitente, de pronto me desborda y luego me contengo. Mi corazón está en el epicentro de la tragedia; acompaño con mis oraciones a cada familia, a cada víctima y arropo la esperanza de que muchas más vidas podrán ser salvadas en estas horas críticas.

Ver a venezolanos salvando a venezolanos solo demuestra la grandeza de nuestra nación. Somos más que un titular de noticia. Somos un país gigante que hoy está profundamente devastado, pero vamos a resurgir, con nuestros dolores y heridas, pero vamos a resurgir.

Carlos Guerrero Yamarte

Diseño y estampados de franelas en DTF y Vinil Textil,
al detal y al mayor.