Durante el rezo dominical del Ángelus, el Pontífice enfatizó que la misericordia divina y el perdón mutuo son los únicos caminos capaces de disipar los rencores y construir una convivencia en paz.
Asomado a la ventana del Palacio Apostólico ante cientos de fieles y peregrinos congregados en la Plaza de San Pedro, el Papa León XIV dedicó su mensaje central de este domingo 13 de septiembre de 2026 a reflexionar sobre el valor indispensable del perdón en la vida cristiana y en las relaciones humanas.
Comentando el pasaje evangélico de la jornada, el Obispo de Roma recordó que Jesucristo no solo enseñó este principio, sino que dio su testimonio máximo desde la cruz al interceder por sus propios perseguidores. En este sentido, subrayó que el amor gratuito de Dios constituye el cimiento de la convivencia: «Todo nos lo da Dios por puro amor, y ninguno de nosotros puede decirse perfecto a la hora de responder a tanta bondad. Por eso, la gratuidad, que es la fuente de nuestra propia vida, es también la mejor regla para nuestra convivencia».
El perdón como antídoto contra los conflictos
El Santo Padre advirtió que la capacidad de perdonar no es una opción secundaria, sino una condición de supervivencia social y espiritual. Sin él —advirtió—, tarde o temprano germinan los rencores, las acusaciones y las venganzas que fracturan los vínculos familiares, destruyen el tejido social y alimentan la espiral de las guerras.
Frente a las situaciones más oscuras y complejas de la existencia humana, el Pontífice destacó la potencia transformadora de la misericordia:
Fuerza liberadora: «Sólo el perdón libera y devuelve la luz, incluso allí donde la pobreza material y moral del hombre, por un momento, ha ensombrecido el horizonte y ha hecho incierto el camino».
Viento de esperanza: El perdón actúa de manera semejante a un viento favorable capaz de disipar las nubes más densas, permitiendo vislumbrar nuevamente el sol.
La mirada sanadora de la misericordia
Para ilustrar la gratuidad del perdón divino, León XIV evocó el emotivo encuentro entre Jesús resucitado y el apóstol Pedro tras sus negaciones, destacando cómo el Maestro restauró su misión apostólica a través de una caridad que sana y olvida el pasado.
Al concluir su alocución mariana, el Papa invitó a los fieles reunidos en el Vaticano a pedir la gracia cotidiana para perdonar, especialmente cuando cuesta dar el primer paso. Finalmente, encomendó esta intención a la providencia divina para que la humanidad aprenda a difundir «con valentía y constancia, la luz serena y sanadora del amor que vence al odio y desarma todo rencor».
Aciprensa-Relámpago Zuliano.














