El pueblo venezolano, agotado y «alcanzado» por la inflación, enfrenta hoy una paradoja cruel: trabaja más que nunca para vivir peor que siempre.
Lo que hace casi dos siglos fue abolido por decreto, hoy parece resurgir bajo un disfraz de modernidad y necesidad económica. En la Venezuela de 2026, una nueva forma de servidumbre está carcomiendo la dignidad de quienes mueven el país: la clase obrera, atrapada en jornadas extenuantes, salarios que no cubren lo básico y condiciones laborales que rozan la deshumanización.
El calvario de las 12 horas: Entre el cansancio y el silencio
La realidad para muchos es una jornada de sol a sol. Un ejemplo alarmante ocurre en una reconocida cadena de electrodomésticos con sede principal en Valencia. Allí, el personal de seguridad (PCP) es sometido a turnos de 12 horas diarias, comenzando a las 7:30 a. m. y culminando a las 7:30 p. m.
Las restricciones parecen sacadas de otra época:
Incomunicación total: Al ingresar, los trabajadores deben separarse de sus teléfonos móviles, quedando aislados de cualquier emergencia familiar.
Descansos mínimos: Solo una hora para almorzar y apenas 20 minutos de respiro tras diez horas de labor.
Vacaciones condicionadas: La aberrante exigencia de que el empleado deba buscar su propio reemplazo para poder disfrutar de su descanso anual reglamentario.
Todo esto por una remuneración de apenas 100 dólares quincenales (a tasa oficial), una cifra que, frente al costo de la vida y el esfuerzo físico, se torna paupérrima.
Maltrato psicológico: El costo de «ganar un poco más»
El escenario no mejora en el occidente del país. En el Zulia, una cadena de alimentos en plena expansión nacional ofrece un ingreso ligeramente superior (120 dólares quincenales), pero el costo oculto es el terror psicológico. Los empleados denuncian tratos denigrantes por parte de superiores, quienes utilizan la necesidad del trabajador como herramienta de control.
Los medidores de la explotación
¿Por qué ocurre esto ante la mirada pasiva de las autoridades? Existen dos factores clave que alimentan este sistema:
El espejismo del sueldo mínimo: Los empleadores justifican estos abusos argumentando que pagan «mucho más» que el salario mínimo oficial (fijado en unos ínfimos 0,3 centavos de dólar). Esta brecha abismal les permite presentarse como «generosos» mientras aplican condiciones coloniales.
El conformismo por necesidad: La parálisis económica y social del país ha generado un «letargo mental» en el que el trabajador acepta la explotación por miedo a quedar en la nada.
Un llamado al vacío
Mientras las arcas de los grandes empresarios siguen creciendo a costa del sudor ajeno, los entes competentes en materia laboral parecen brillar por su ausencia. La impunidad permite que el derecho al descanso, a la comunicación y al trato digno sean pisoteados.
El pueblo venezolano, agotado y «alcanzado» por la inflación, enfrenta hoy una paradoja cruel: trabaja más que nunca para vivir peor que siempre. La pregunta queda en el aire: ¿Hasta cuándo la necesidad será la cadena que mantenga viva esta nueva esclavitud?
Redacción: Luis Molero.













