La verdadera riqueza de una nación jamás ha nacido del subsuelo, nace del esfuerzo libre, de la producción sin ataduras y, sobre todo, de la confianza inquebrantable en el futuro que somos capaces de construir.
Durante décadas, nos vendieron una gran ilusión: caminábamos sobre una de las mayores reservas de petróleo del planeta y, por eso, éramos inmensamente ricos. Nos enseñaron a mirar hacia abajo, hacia las profundidades de la tierra, esperando que un tesoro enterrado nos resolviera la vida. Sin embargo, la realidad ha sido profundamente dolorosa. Mientras el petróleo reposaba bajo nuestros pies, millones de venezolanos hemos vivido sumidos en la precariedad, enfrentando servicios colapsados, salarios de miseria y un país fracturado.
La verdad económica es implacable, el petróleo bajo tierra no genera riquezas. Es tan solo un recurso inerte, un elemento pasivo que, por sí solo, no alimenta a una familia, ni enciende un bombillo. Para que ese recurso se convierta en bienestar real, en escuelas equipadas, hospitales funcionales y empleos dignos, se necesita aquello que el viejo modelo estatista destruyó sistemáticamente: capital masivo, tecnología de punta, gestión eficiente y la fuerza indetenible de la libre empresa y la inversión extranjera.
Por eso, el nuevo acuerdo impulsado junto a Estados Unidos marca un punto de inflexión histórico. Con la llegada de inversión extranjera directa, empresas internacionales y el regreso de las libertades económicas a nuestra industria, se vislumbra un panorama completamente nuevo.
El control centralizado y el libre mercado chocan como el agua y el aceite. Cuando el capital masivo y la tecnología real entran en juego, el viejo modelo estatista se asfixia de inmediato. Ningún burócrata o corrupto, puede competir con la eficiencia del libre mercado. Al circular dinero y se generen empleos de verdad, el cuento del control absoluto se desvanece por completo, y ningún sistema opresor puede sostenerse cuando la gente misma empieza a probar los frutos de su propio trabajo.
Esta transición va mucho más allá de un simple rescate técnico para la industria petrolera, representa la oportunidad real y tangible para que nuestro país comience a prosperar a mediano y largo plazo. No podemos temerle a este cambio, al contrario, debemos abrazarlo con esperanza, abrirle las puertas a la inversión internacional y sanar nuestra relación con el trabajo.
La verdadera riqueza de una nación jamás ha nacido del subsuelo, nace del esfuerzo libre, de la producción sin ataduras y, sobre todo, de la confianza inquebrantable en el futuro que somos capaces de construir.
Concejal Luís Cabrera.















