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El fraile de la eterna sonrisa: San Félix de Cantalicio y el arte de hallar a Dios en lo cotidiano

Félix de Cantalicio fue beatificado en 1625 por Urbano VIII y elevado a los altares como santo en 1712 por el Papa Clemente XI.

En un mundo que a menudo se abruma por las prisas y las dificultades, la Iglesia Católica recuerda hoy a un hombre que hizo de la sencillez y el buen humor su camino directo hacia la santidad: San Félix de Cantalicio. Este fraile capuchino del siglo XVI demostró que las alturas de la mística no están reservadas para los eruditos, sino para las almas ligeras y confiadas.

Nacido en 1513 en Cantalicio, Italia, bajo el nombre de Felice Puerro, creció en el seno de una humilde familia campesina. Desde su infancia arrastró una fama de bondad tan genuina que sus amigos solían exclamar al verlo llegar: “¡Ahí viene el santito!”.

El arado y la contemplación: Orar entre la rutina

A los 12 años, Félix comenzó a trabajar como pastor y agricultor para un terrateniente. Lejos de ver la dureza del campo como un obstáculo para su fe, convirtió la soledad de las colinas en su santuario particular. Aprendió a intercalar sus jornadas con el rezo del rosario y visitas constantes a la iglesia del pueblo.

Cuando más adelante un religioso le preguntó cómo lograba mantener la presencia de Dios en medio de tantas distracciones laborales, Félix dejó una lección imperecedera:

«Todas las criaturas pueden llevarnos a Dios, con tal de que sepamos mirarlas con ojos sencillos. En cualquier oficio y a cualquier hora hay que acordarse de Dios y ofrecer por Él todo lo que se hace o sufre».

Un giro providencial marcó su destino: mientras araba la tierra, los animales se desbocaron y el arado le pasó por encima de forma violenta. Al levantarse milagrosamente ileso, entendió que la vida era un suspiro y decidió consagrarse por entero. Tocó las puertas del convento capuchino de Cittaducale y fue admitido como hermano lego.

«O santo, o nada»: Cuatro décadas de caridad en Roma

Tras profesar sus votos solemnes a los 30 años, fue enviado a Roma, ciudad que recorrería a pie durante las siguientes cuatro décadas con un solo propósito: pedir limosna para sostener a su comunidad y a los más desposeídos.

Félix se convirtió en un personaje entrañable del paisaje romano. Atendía enfermos, consolaba a los moribundos y caminaba siempre con una sonrisa. Si alguien lo insultaba en la calle, respondía con paciencia y una pizca de agudeza: “Voy a pedir a Dios que te haga un santo”. Su consejo para mantener la paz interior era directo y aplicable a cualquier época: “Buen ánimo, hermano: los ojos en la tierra, el espíritu en el cielo y en la mano el santísimo rosario”.

Su profunda humildad corría a la par de una vida mística extraordinaria. No era raro que se quedara en éxtasis en plena Santa Misa. Su sabiduría espiritual era tal que grandes figuras de la época, como San Felipe Neri y San Carlos Borromeo, buscaban su consejo y valoraban su amistad.

Un legado que no se marchita

Incluso en la vejez, cuando el peso de los años se hacía sentir, Félix se negó a dejar de trabajar, convencido de que el alma se debilita cuando el cuerpo se entrega a la ociosidad. El 18 de mayo de 1587, según relatan sus biógrafos, partió a la Casa del Padre en medio de una visión celestial donde la Virgen María lo llamaba rodeada de ángeles.

Félix de Cantalicio fue beatificado en 1625 por Urbano VIII y elevado a los altares como santo en 1712 por el Papa Clemente XI. Su fiesta, celebrada cada 18 de mayo, sigue siendo un recordatorio de que la verdadera grandeza espiritual se esconde en los actos más pequeños hechos con un corazón alegre.

Aciprensa-Relampago Zuliano.

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